Edward Said y su representación del intelectual
A finales de 1992 Edward Said fue invitado por la BBC a impartir sus Reith Lectures. El anuncio causó revuelo inmediato en la opinión pública, pues por esta época el profesor palestino era percibido por el público general británico como un detractor de Occidente y propagador de las ideas del Oriente enemigo, cuestión aparentemente justificable en su trabajo Orientalismo (1978) y en Cultura e imperialismo, publicado precisamente el mismo año en que tendría lugar la participación de Said en la radio pública del Reino Unido. A pesar de ello, Said se presentó ante la audiencia británica con seis conferencias a lo largo de junio de 1993. Al año siguiente, dichas conferencias aparecieron en forma de libro; en la introducción a la edición, Said tomó un espacio para referirse a la agitación provocada por su invitación a las Reith Lectures, y reafirmó su posición crítica al declarar que la intención de sus trabajos ha sido la de “combatir la construcción de ficciones” encerradas en palabras como “Oriente” y “Occidente”, al igual que en esencialismos raciales como “razas sometidas”, “orientales”, “arios” o “negros”. La situación surgida a raíz de la invitación de la cadena británica a Said resultó pertinente para el tema de sus conferencias, pues en ellas reflexiona sobre el papel del intelectual y su lugar en la sociedad moderna, una sociedad de masas que reacciona de una u otra manera frente a la opinión de una figura pública, un rol del que el intelectual contemporáneo —pareciera decirnos Said— no puede desentenderse ni desligarse si su intención es la de producir un efecto real en el mundo.
La recopilación lleva el nombre de Representaciones del intelectual, de la cual la primera conferencia lleva el mismo título. Esto no es casual, puesto que a lo largo de la conferencia nos damos cuenta de que su propósito es exponer los temas que van a ser desarrollados en las siguientes cinco. Para llevarlo a cabo, el concepto de «intelectual» es clarificado, específicamente el de «intelectual moderno», de acuerdo con la opinión del crítico palestino, luego de una amplia reflexión de su parte. En esta primera conferencia Said asienta su propio concepto de intelectual y su representación en la sociedad moderna, que implica tanto “entrega y riesgo” como “audacia y vulnerabilidad”. En otras palabras, en este discurso inaugural, Said ofrece las pautas generales de su propia representación del intelectual. La conferencia inicia con un análisis del concepto de intelectual por parte de Julien Benda y Antonio Gramsci, conceptos opuestos en el sentido de que para Benda el intelectual hace parte de un grupo selecto y exclusivo, mientras que para Gramsci es un rol que le corresponde a cualquier ser humano si quiere asumirlo. Said hace un análisis de ambos prototipos de intelectual con el objetivo de ubicar su propia representación, y concluye que, si bien el “auténtico intelectual”, rey-filósofo superdotado de Benda es seductor en tanto lucha por sus ideales hasta el punto poner su vida en riesgo, el “intelectual orgánico” de Gramsci, “conectado con las clases”, es mucho más apropiado para el contexto de la modernidad. Said asume su propia representación del intelectual desde la posición de Gramsci porque para él el intelectual no es un ser superdotado y único sino un individuo que la sociedad democrática exige y a la vez produce. El rey-filósofo es quizás mucho más pertinente y consecuente en una sociedad estamental, anterior a la modernidad, pero la sociedad de hoy, con sus propios problemas y amenazas, no se puede dar el lujo de delegarle el papel de denunciar las violaciones de la “libertad y la justicia” por parte de los poderes y las naciones del mundo a un ser que “no es de este mundo”. Sin embargo, la representación del intelectual de Said no concuerda con la del “intelectual orgánico” de Gramsci en todos los aspectos, y desde luego no en el que se refiere a este tipo de intelectual como un individuo que “está conectado con las clases o empresas que se sirven de ellos para organizar intereses, aumentar el poder y acentuar el control que ya ejercen” y “cuyo objetivo es ganar potenciales clientes, merecer la aprobación y guiar la opinión del consumidor”. Para Said el intelectual moderno ciertamente se encuentra rodeado de esas “clases y empresas”, ya sean las universidades que sirven a las industrias del conocimiento o los medios de comunicación instrumentalizados por el gobierno, pues “la política es omnipresente” y prácticamente no existe un puesto de trabajo en nuestra sociedad actual en el que sea posible escapar de ella (38). Pero, a pesar de no poder escapar al influjo de las instituciones modernas, el hombre con vocación intelectual tiene que vivir dentro de esta tensión y no ceder a ninguna de las partes: ni a la torre de marfil del intelectual aislado, encerrado en su erudición, ni al que consolida los proyectos del poder en detrimento del hombre. En palabras de Said, el intelectual tiene que hacer equilibrios constantes entre soledad y alineamiento. Son sus actividades, dentro de esta tensión en la que vive, las que dibujan la representación del intelectual: bien cuando alza la voz para denunciar un atentado contra las pautas de libertad y justicia que la misma sociedad ha definido, bien cuando con valentía se expone y no teme a las consecuencias cuando de defender su posición —crítica, estudiada, reflexiva— se trata.
Otro de los aspectos en los que Said se distancia del “intelectual orgánico” de Gramsci es en el hecho de que para él el intelectual no es una cara anónima entre múltiples caras que sirven al mismo propósito. El intelectual orgánico es un funcionario cuyo papel es genérico, reemplazable, y tiene como objetivo modificar el pensamiento de un consumidor y ganarse su aprobación. Por el contrario, el intelectual de Said es un individuo con una imagen identificable y única, que, lejos de buscar aprobación, se encuentra en la constante posibilidad de ser abucheado. La exposición al rechazo es inevitable, pues la misión del intelectual es la de desestabilizar el statu quo, poner en cuestión cualquier tipo de certeza, y estar removiendo constantemente las ideas que conduzcan a absolutos. Este es el sentido en que debemos entender las palabras de Said cuando dice que “para lo que menos debería estar un intelectual es para contentar a su audiencia: lo realmente decisivo es suscitar perplejidad, mostrarse contrario e incluso displicente”. Desde esta noción, resultaría difícil y contradictorio que el intelectual pudiera mimetizarse o esconderse dentro de un discurso unificado. El intelectual de Said, el provocador, tiene que hablar, escribir, enseñar, y para eso necesita exponer su imagen y destacarse como una voz única e individual que está comprometida con sus ideas y las consecuencias que pueda acarrear su uso del lenguaje, un lenguaje que funge como su única arma.
Sin embargo, con esto Said no nos está sugiriendo la idea de que el intelectual debe estar siempre, por defecto, en oposición; esto resultaría ilógico y contradictorio. La tarea del intelectual es, mejor, la de ser un vigilante, la de estar alerta, pendiente de las arbitrariedades que puedan aparecer, y listo para alzar la voz y denunciar. Podríamos pensar en esta figura como la de un personaje tranquilo pero atento, y listo para reaccionar enérgicamente en caso de que la situación lo amerite. De esta manera, propongo pensar en la figura de un “soldado intelectual”, en consonancia con las varias analogías militares que aparecen a lo largo de la obra de Said, en las que equipara el estadio del pensamiento con el campo de batalla. Lejos de ser un actor negativo, que está trayendo todo el tiempo un peso que apabulla, que entorpece el desenvolvimiento cotidiano de la sociedad, el papel del intelectual debería verse como un peso positivo, en la medida en que es consistente, persistente, y su punto de vista está guiado por una convicción coherente. Como Said enuncia al final de esta primera conferencia, “no se trata solo de negarse pasivamente, sino de la actitud positiva de querer afirmar eso mismo en público”.
La primera mitad de esta conferencia está dedicada a la justificación de la representación del intelectual de Said a través del examen de las representaciones de Benda y de Gramsci. Como mencioné anteriormente, Said sitúa la suya a partir de la de este último, únicamente para contrapuntear con ella constantemente. En seguida, el centro de la conferencia da paso a toda la representación del intelectual de Said que, como he mencionado, es un intelectual que no se esconde, que se enfrenta, y cuya vida privada necesariamente se ve en conflicto por esta exposición a la que se ve obligado y lo empujan a vivir en una tensión entre la masa y el individuo (39). En la segunda mitad, Said analiza, uno a uno, tres casos de novelas en las que la figura del joven intelectual irrumpe y desordena el mundo estable que habitan: Padres e hijos de Turgenev, La educación sentimental de Flaubert, y Retrato del artista adolescente de Joyce. No es fortuito que estos ejemplos surjan de novelas cercanas al cambio de siglo, entre el XIX y el XX. Tanto Bazarov, como la dupla Moreau-Deslauriers y el joven Dedalus son para Said una muestra de cómo el intelectual moderno actúa dentro de la sociedad de su tiempo y conmociona su entorno, aún a pesar de que sucumba a la misma presión ejercida por esa sociedad que huye de su remolino intelectual. El fracaso de la fuerza intempestiva de estos personajes representa para Said el ejemplo de la lucha constante a la que se enfrenta el intelectual. La modernidad con todas sus distracciones y tentaciones es la misma que, a la vez que exige la presencia disruptiva del intelectual, hace todo lo posible por aplacarla —y aplacarlo— definitivamente. Así, la resistencia se convierte en una de las herramientas más importantes de las que el intelectual moderno tiene que echar mano, para no hundirse en su lucha entre los problemas de su yo y las exigencias de publicar y manifestarse en la esfera pública. Said cierra esta conferencia a partir de esta reflexión, recalcando las características de la vocación intelectual debido a los retos que la envuelven y que la hacen “un esfuerzo perenne, constitutivamente acabado y necesariamente imperfecto”.
Es interesante pensar en las representaciones que elabora y sobre las que reflexiona Said, y su propio trabajo como intelectual. Durante la mitad de su vida fue profesor universitario, y aún perteneciendo a una institución, con sus restricciones implícitas, no dejó de lado su papel de figura pública. Habló en las aulas, enseñando, pero también fuera de ellas, pronunciándose con publicaciones escritas, intervenciones en prensa y —como atestiguan sus Reith Lectures— radio. Su papel de intelectual excedió sus labores como profesor de literatura inglesa, y en lo absoluto podríamos considerarlo una figura anónima. Su rostro y su nombre son identificables en la discusión contemporánea de la cuestión palestina. Las representaciones de Edward Said abarcaron incluso campos más allá del literario, como el de la música, y su estrecha amistad con Daniel Barenboim desembocó en proyectos como la West-Eastern Divan Orchestra, un modelo del arte como dispositivo para resolver conflictos sociales. La exposición pública de Said tuvo efectos en la realidad, efectos que desde el silencio o la actitud servil ante un gobierno o institución jamás habrían podido acontecer. Asumió los riesgos y sus costos, y la coherencia de su mirada sobre las representaciones del intelectual moderno con su propia forma de asumir tal oficio no es difícil de corroborar.