Mandarinas
Mandarinas es una película escrita y dirigida por el georgiano Zaza Urushadze, nominada al Oscar en la categoría de mejor película extranjera en el 2014. Es la primera película estonia en recibir una nominación a los premios de la Academia.
El escenario donde ocurre la historia de este drama es la guerra de Abjasia (1992-1993) entre chechenos y georgianos. Ivo y Margus, dos viejos amigos dedicados al cuidado de sus árboles de mandarinas, se resisten al despojo de sus tierras y terminan atrapados en medio de los dos bandos en guerra. Tras un enfrentamiento entre los contrincantes cerca del lugar donde Ivo y Margus viven, tres de los milicianos mueren y dos quedan mal heridos. Ivo decide llevar a los sobrevivientes a su casa, y con ayuda de Margus cuidan de ellos hasta que se recuperan. Sin embargo, dichos combatientes son de bandos opuestos, con diferencias de lengua, cultura, ideología y religión. La convivencia entre estos hombres bajo un mismo techo, en igualdad de condiciones, genera una serie de situaciones difíciles al interior de la casa de Ivo. Ambas partes del conflicto se ven forzadas a dialogar y escucharse la una a la otra inevitablemente. A través de la mediación de Ivo, los dos enemigos llegan a conclusiones inesperadas; el acto de conversar racionalmente logra intervenir lo irreconciliable. Sin duda, las discusiones entre el checheno y el georgiano son capaces de llevar al espectador a meditar sobre la insensatez de la guerra.
La fotografía de Mandarinas es uno de los aspectos más relevantes de la película. La perfección de los encuadres hace que, en los planos abiertos exteriores, los bellos paisajes de Georgia parezcan pinturas. El realce de las expresiones faciales a través de primeros planos penetra en la sala de cine el desasosiego con el que vive la gente en zonas de conflicto. La música de Niaz Diasamidze, además de contribuir a lo anterior, reproduce el diálogo de estos dos pueblos en guerra a través de una composición para dos instrumentos: el panduri georgiano y la talharpa estonia. A manera de pregunta y respuesta, el panduri y la talharpa tejen una melodía repetitiva que acentúa el carácter de resignación que atraviesa la película: la melodía se repite, como la noche en tiempos de guerra, monótona y previsible.
Si la música no es vívida en esta película, mucho menos lo es el aspecto visual. La poca luminosidad y la paleta de colores de este filme contribuyen a reconstruir la pesadez de la violencia. Sin embargo, al presentarse de un color intenso y vigoroso, las mandarinas son el único elemento que le hace frente a las imágenes opacas de esta película. La luz que desprende el color de las mandarinas nos recuerda la fertilidad de la tierra. La fruta protagonista de esta película, símbolo de la vida, termina por rebatir la esterilidad de la guerra.