El reguetón: un pasaje directo a las emociones

El arte es una autobiografía de la humanidad: las manifestaciones artísticas dibujan, como una pincelada certera, sus rasgos y características propias. Las formas que la música ha encontrado a través de la historia, por ejemplo, no son otra cosa que una expresión visible del ADN del ser humano: su comportamiento, su lenguaje, su racionalidad y, sobre todo y de manera directa, sus pasiones.

Escuche usted su propio corazón: ese sonido denso, grueso, redondo, seco; ese ritmo constante, binario; esas alturas graves y agudas. Esa música interna que está ahí, adentro de su propio cuerpo, encuentra un eco maravilloso en los tambores primitivos. La percusión afecta el corazón humano a la manera de dos partículas cuánticas. Los sacerdotes y militares siempre lo han sabido: la música es el vehículo perfecto para preparar y excitar a los guerreros para el combate, o para llevar al éxtasis místico a millones de fieles religiosos. Este fenómeno no es más que la demostración sencilla de que el arte musical y las entrañas humanas están conectadas por una suerte de cordón umbilical.

La música llega hasta el fluido sanguíneo a través del canal auditivo. El sentido de la audición es la puerta de entrada a la región del cerebro que regula las emociones. Para llegar a aquella zona cerebral que regula el racionamiento hay que pagar el peaje de las emociones. La música es, pues, el arte que más eficazmente afecta las emociones humanas. Desde este punto de vista, la música le da a la pasión cierta ventaja sobre la razón.

En sus búsquedas musicales el ser humano ha encontrado caminos muy eficaces para tocar las emociones: el reguetón, por ejemplo, con ritmos y melodías básicas y sencillas, logra despertar en las personas un interés que otras músicas con mayor elaboración artística difícilmente logran de forma tan inmediata. El carácter repetitivo y monótono de los motivos rítmico-melódicos de los cuales está hecho el reguetón permiten que sea fácil de guardar en nuestro cerebro sin necesidad de estar expuestos a él constantemente. No requiere de un ejercicio racional ni sofisticado: se aprovecha de ese camino sencillo que ya abrió la música rítmica cardíaca. Este mismo mecanismo está presente en la mayoría de músicas populares y es el que permite que, en un primer acercamiento, tengamos una mayor empatía con una canción de Juan Gabriel que la que tendríamos con una de György Kurtág.

La magia del reguetón, independientemente de otras consideraciones sexistas en sus líricas o estéticas, está en su efectividad: aborda el bote de la música para navegar en el río de las pasiones humanas. En eso cumple su labor como pincel que delinea otro aspecto del retrato humano general. Escucharlo y entenderlo es dar cuenta de una parte de lo que somos como sociedad: así de rítmicos, así de elementales.

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