El sabor de la música
La comida y la música tienen en común muchas más cosas de las que usted cree. De hecho, cocinar es como componer. Ambos oficios son tan similares, que es posible afirmar que existe, en cierto sentido, una equivalencia entre preparar un plato y crear una pieza sonora; y, de igual forma, entre el acto de comer y el de escuchar. No en vano la ciencia ha dicho que el gusto y la audición hacen parte de una misma categoría: son dos de los cinco sentidos del cuerpo humano.
Las semejanzas entre cocinar y componer aparecen desde el inicio mismo del proceso creativo. Por ejemplo, para preparar unos espaguetis a la napolitana, lo primero que se necesita son los ingredientes: la pasta, el tomate, el ajo, etc. Al momento de componer una obra musical, la melodía, el ritmo y la armonía son elementos primordiales. Los ingredientes son interdependientes: sin ritmo no hay música, y sin tomate no hay espaguetis a la napolitana. Tanto los ingredientes de la comida como los materiales de la música son la materia prima de estos dos tipos de obra de arte.
Además de los ingredientes, para preparar la pasta son necesarios los utensilios: una olla para cocer la pasta, un cuchillo para cortar los ingredientes de la salsa y el sartén para freírlos. Si la preparación de un plato requiere de un equipo de cocina, la música necesita de los instrumentos para acontecer en el plano físico. Para que una pieza musical sea un cuarteto de cuerdas, es necesario que, estrictamente, tenga dos líneas para violín, una para viola y otra más para violonchelo. Cuando una obra excede dicha instrumentación, ya no será un cuarteto de cuerdas. Igualmente, si usted está usando un extractor de jugos para preparar unos espaguetis a la napolitana, es muy probable que al final lo que sirva en la mesa no sea espaguetis a la napolitana. De la obra del cocinero depende la necesidad de una cocina pequeña o de una brigade de cuisine; de la del compositor, la utilidad de un tenor solista o de un coro de mil voces.
Tras los ingredientes y los utensilios, viene la receta. Esta, llega hasta las manos del cocinero después de haber pasado por miles de cocinas. Solo la experiencia y el conocimiento del legado culinario ha hecho que una receta pase de cocina en cocina a través de los años. Sin embargo, de un solo plato puede haber mil recetas, y de la habilidad del cocinero depende lo que al final se ponga sobre la mesa: una receta puede echarse a perder, imitarse magistralmente, o propiciar el nacimiento de un nuevo plato. También la música ha sido una construcción colectiva. Haydn estudió a fondo la obra de Bach, Mozart la de Haydn y Beethoven la de Mozart. Sin embargo, la obra de cada autor es independiente, y es posible reconocer la individualidad de cada una mediante una audición relativamente superficial. Si bien el sabor a Mozart se siente con fuerza en el Beethoven temprano, la maestría de la obra de Beethoven es producto de la mezcla entre teoría, práctica y genialidad. No hay una fórmula exacta para crear un plato exquisito o una sonata apasionante, pero la técnica guía al artista en su proceso creativo.
Sin duda, la obra del cocinero llega hasta el paladar de la misma forma en que hasta el oído entra la del compositor. En el comedor y en el auditorio, los sentidos se afectan directamente al recibir dos obras que, así como comparten similitudes en su proceso creativo, son irrepetibles: la experiencia sensorial inicia segundos después de agarrar los cubiertos, y finaliza para siempre en cuanto cae el telón.