Yalda, la noche del perdón
Este drama es el segundo largometraje del premiado director iraní Massoud Bakhshi. Ganador del Premio del Jurado en el Festival de Sundance 2019, es una coproducción de Irán, Líbano y un puñado de países europeos, hablada enteramente en lengua farsi.
La historia ocurre en una ‘noche de yalda’, fiesta en la que los iraníes celebran en familia el solsticio de invierno, la noche más larga del año, reuniéndose a comer frutos rojos, ver programas de televisión dedicados a la festividad, leer poemas de Hafez y presenciar el amanecer. La película inicia contándonos que Maryam (Sadaf Asgari), de 22 años, ha matado accidentalmente a su marido, Nasser, de 65, y ha sido condenada a muerte. En la ‘noche de yalda’ Maryam tiene la posibilidad de que su pena sea indultada, pues la única hija de Nasser, Mona (Behnaz Jafari), de 37 años, puede salvarla concediéndole el perdón en un programa de televisión en vivo, en el que los televidentes también tienen poder de opinión a través de un mensaje de texto.
La confrontación al aire entre Maryam y Mona es el centro de la película: mientras la primera expone su versión de los hechos y defiende su inocencia, la otra contradice y refuta a la joven. El contrapunteo entre ambas deja al descubierto cuestiones como la hipocresía, los intereses económicos, la desigualdad de clases y el matrimonio temporal en la sociedad iraní. La presencia de lo femenino es la clave principal de Yalda, puesto que asistimos a una tragedia de mujeres: dos mujeres, rodeadas de mujeres, que se enfrentan entre ellas debido a la muerte de un hombre. La crítica implícita radica en que a la muerte del hombre ambas mujeres se ajustician para garantizar el orden social.
Es interesante encontrar en esta película el espacio para la opinión en una teocracia, y enterarse de que ni dicho régimen resulta exento de la sociedad del entretenimiento. En un país donde el estado y la realidad social están regidos por el orden religioso, es a través de la espectacularización de la tragedia que se hace justicia, como si el programa de televisión que funge de antesala de la vida y la muerte, a la manera romana vox populi, vox Dei, hiciera una economía muy importante del orden social: la ley es lo que dice la gente que es la ley, por lo tanto, esa es la ley de Dios. En este orden queda claro que evangelizar y comunicar son una sola cosa fusionadas en el entretenimiento. Al final, en el estudio de televisión –espacio de la presencia de Alá– el perdón invocado desde la fe efervescente es concedido por Dios y la teocracia funcional queda reafirmada.
Los planos exteriores son escasos. Es una película a puerta cerrada, pues casi la totalidad de los 89 minutos de duración ocurren dentro del estudio de televisión. El color general de los interiores es un mosaico de púrpuras que cubre las vestimentas de las mujeres e ilumina todo dentro del estudio, altamente contrastante con las imágenes exteriores de la ciudad y su cielo oscuro en la ‘noche de yalda’, las fachadas iluminadas de los edificios y la nieve blanca que saluda la llegada del invierno iraní. La cinta carece casi por completo de música, la cual es sustituida por una multiplicidad de voces superpuestas que contribuyen a la tensión en este drama donde la vida o la muerte son los dos únicos finales posibles. El diseño sonoro refuerza la tensión con sonido ambiente del tráfico de Teherán, vibraciones de teléfonos en los que nadie contesta las llamadas, flashes de cámaras.
Yalda, a través de la delicadeza técnica y una trama muy bien construida, es sin duda una cinta tan capaz de conmover al espectador latinoamericano como de despertar su interés por las cuestiones políticas y religiosas de una sociedad no occidental.